A
los cinco días era costumbre los muertos regresaban al Perú Bebían un vaso de
chicha y decían:
-Ahora,
soy eterno.
Había
demasiada gente en el mundo. Se sembraba hasta en el fondo de los precipicios y
al borde de los abismos pero no alcazaba para todos la comida.
Entonces
murió un hombre en Huarochirí.
Toda
la comunidad se reunió, al quinto día, para recibirlo. Lo esperaron desde la
mañana hasta muy entrada la noche. Se enfriaron los platos humeantes y el sueño
fue cerrando los párpados. El muerto no llegó.
Apareció
al día siguiente. Estaban todos hechos una furia. La que más hervía de
indignación era la mujer que gritó:
-
¡Haragán! ¡Siempre el mismo haragán! ¡Todos los muertos son puntuales menos tú!
El
resucitado balbuceó alguna disculpa pero la mujer le arrojó una mazorca a la
cabeza y lo dejó tendido en el piso.
El
ánima se fue del cuerpo y huyó volando mosca veloz y zumbadora, para nunca más
volver.
Desde esa vez ningún
muerto ha regresado a mezclarse con los vivos y disputar les la comida.
La Muerte
El primero de los indios modoc, Kumokums, construyó una aldea a las
orillas del río. Aunque los osos tenían donde acurrucarse y dormir
Los ciervos se quejaban de que había mucho frío y no había hierba
abundante.
Kumokums alzó otra aldea lejos de allí, y decidió pasar la mitad del año
en cada una. Por eso partió el año en dos seis lunas de verano y seis de
invierno y la luna que sobraba quedó destinada a las mudanzas.
De lo más feliz resultó la vida, alternada entre las dos aldeas y se
multiplicaron asombrosa mente los nacimientos; pero los que morían se negaban a
irse y tan numerosa se hizo la población que ya no había manera de alimentarla.
Kumokums decidió, entonces echar a los muertos. Él sabía que el jefe del
país de los muertos era un gran hombre y que no maltrataba a nadie.
Poco después murió la hijita de Kumokums. Murió si se fue del país de
los modoc, tal como su padre había ordenado.
Desesperado, Kumokums consultó al puercoespín.
-Tú lo decidiste -opinó el puercoespín- y ahora debes sufrirlo como
cualquiera.
Pero Kumokums viajó hacia el lejano país de los muertos y reclamó a su
hija.
-Ahora tu hija es mi hija -dijo el gran esqueleto que mandaba allí-.
Ella no tiene carne ni sangre. ¿Qué puede hacer ella en tu país?
-Yo la quiero como sea -dijo Kumokums.
Largo rato meditó el jefe del país de los muertos.
-Llévatela -admitió. Y advirtió:
-Ella caminará detrás de ti. Al acercarse al país de los vivos, la carne
volverá a cubrir sus huesos. Pero tú no podrás darte vuelta hasta que hayas
llegado. ¿Me entiendes? Te doy esta oportunidad.
Kumokums emprendió la marcha. La hija caminaba a sus espaldas.
Cuatro veces
le tocó la mano cada vez más carnosa y cálida, y no miró hacia atrás. Pero
cuando ya asomaban en el horizonte los verdes bosques, no aguantó las ganas y
volvió la cabeza. Un puñado de huesos se derrumbó ante sus ojos.
Profesor: Miguel Ángel Navarro
Grado: 8-2
Nombre: Yojan Felipe Tello